El recuerdo no dura más de diez segundos.
Vuelve el presente. Un hombre deja unas monedas en la barra. Una pareja se besa junto a la puerta. Yo estoy solo ante una taza que no he pedido.
La camarera se acerca.
—¿Todo bien?
Asiento.
—Aquí venía mucho una chica —digo, antes de que pueda detenerme—. Hace unos años.
La camarera tiene alrededor de cuarenta años. Se queda pensando.
—Venía mucha gente.
—Tenía el pelo oscuro. Solía sentarse en esta mesa.
—Eso no me dice gran cosa.
Tiene razón. La ciudad está llena de mujeres con el pelo oscuro. El mundo no ha guardado a Danielle para mí.
—A veces venía con alguien —añado.
La camarera me mira con más atención.
—¿Erais los de las peleas?
La pregunta me deja sin respiración.
—¿Qué peleas?
—Nada grave. Solo… se os oía discutir fuera. Luego volvíais, pedíais otro café y parecía que el mundo se había acabado o empezado de nuevo. Una de esas cosas.
No sé si quiero escuchar más.
—¿Ella parecía triste?
La camarera se encoge de hombros.
—Parecía enamorada. A veces la gente confunde eso con estar bien.
Salgo del café cuando empieza a oscurecer.
En el sueño de esa noche no hay agua.
Danielle está en la estación, sentada en el suelo junto a una maleta azul. Tiene el mismo abrigo que llevaba en el café. A su lado hay una bolsa de papel rota.
—¿Por qué no cogiste el tren? —pregunto.
Ella sonríe con cansancio.
—Porque tú me llamaste.
—¿Y volviste?
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta no la enfada. Me mira como si estuviera aprendiendo a tolerarla.
—Porque también tuve miedo de perderte.
La estación se llena de una luz blanca. Los trenes entran y salen sin ruido.
—¿Fuimos felices? —pregunto.
Danielle cierra los ojos.
—Claro que sí.
Cuando los abre, tiene lágrimas en las pestañas.
—Por eso fue tan difícil.
El tren que espera detrás de ella tiene las puertas abiertas.
No entra nadie. No baja nadie. La estación parece detenida dentro de un minuto que no termina de pasar.
—¿Adónde ibas? —pregunto.
Ella mira los raíles.
—A casa.
—¿Cuál?
Me dedica una sonrisa cansada.
—Esa pregunta siempre llegaba tarde.
Quiero acercarme. La gente se mueve entre nosotros con maletas vacías, abrigos oscuros, periódicos doblados bajo el brazo. Cuando consigo atravesar el andén, ella está más cerca.
—No quería que te fueras —digo.
—Yo tampoco quería irme.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque querernos no nos estaba salvando.
El tren emite un aviso breve. Ella se seca una lágrima que no había visto caer.
—Hubo días hermosos, Lauren. No quiero que los borres por culpa de los otros.
—No sé cuáles eran.
—Los días en que me esperabas sin exigirme explicaciones. Los días en que podíamos estar callados sin convertir el silencio en una amenaza. Las mañanas con café. Las tardes sin planes. Tú leyendo en el sofá y yo fingiendo que no te miraba.
La escucho con una desesperación tranquila.
—¿Y los otros días?
Ella no aparta los ojos.
—Los otros días nos pedíamos pruebas. Tú querías que te demostrara que no me iría. Yo quería que me demostraras que no podrías vivir sin mí. Ninguno sabía cómo pedir cariño sin ponerlo al borde de algo.
Un tren entra en la vía contigua. El viento nos mueve la ropa.
—¿Me perdonaste? —pregunto.
Ella mira la puerta abierta del vagón.
—No sé si perdonar es una estación a la que se llega una sola vez.
La luz blanca empieza a borrar los contornos.
—No llegues tarde —dice.
Me despierto antes de que el tren arranque.
La chica de la playa – Adelanto (IV) – (TDA) 2026




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