Y allí estaba, en aquel bar.
Delante de un café, atardeciendo y destripando mis pensamientos uno a uno.
Nikky había desaparecido.
Sin una nota de despedida.
Sin un adiós.
Ni siquiera un portazo.
Había llegado a casa y Nikki no estaba. La había buscado por el piso con esa estupidez desesperada con la que uno mira en habitaciones vacías esperando que ocurra un milagro.
Pero la verdad estaba en el armario.
Parte de su ropa ya no estaba.
Y las maletas pequeñas que compramos para hacer escapadas juntos también habían desaparecido.
¿Por una discusión?
Quizás era cierto que últimamente chocábamos muchísimo, pero jamás hubiera imaginado que aquello pudiera llegar hasta ese punto.
Volvía al punto de retorno.
De nuevo al inicio.
Me sentía como en aquellas comedias románticas en las que la cámara se aleja y el personaje se queda sentado delante de una mesa, con el café entre las manos y la cabeza hundida, justo antes de que entren los créditos finales.
Me negaba a eso.
Pero ¿qué otra cosa podía hacer?
No se puede buscar a alguien que no quiere ser encontrado. Alguien que ha decidido marcharse. ¿Qué sentido tenía ir detrás de ella? ¿Para qué? ¿Para que me dijera a la cara lo que ya me había dicho vaciando medio armario?
No era necesario.
No.
Me quedaría allí. Acabaría mi café y al día siguiente recogería todo lo que me recordara a ella en el piso y lo tiraría a la basura.
A la mierda.
Eso era.
No iba a dejar que aquello me afectara más de la cuenta. Mucho menos por alguien que no quería estar.
Sí, quizás tendría mis bajones. Había sido un año intenso y, por mis pelotas, yo creía que ella era la chica de mi vida.
Tenía tantas cosas increíbles.
¿La rutina?
No. La rutina no se había presentado ni un solo día en todo aquel año.
Quizás nuestros caracteres chocaban con demasiadas cosas, pero no con la rutina. Lo nuestro era más cosa de explosiones y dinamita.
Bueno. Maldita sea.
Voy a acabarme este café. Me voy a casa. Y que te vaya todo genial, Nikky, allá donde sea que te hayas ido.
Ha sido bonito. Ha sido una locura. Ha sido genial. Pero se acabó.
Podíamos haberlo discutido. Podíamos haberlo arreglado. Pero has decidido largarte. Y eso también es una respuesta. Una declaración de intenciones bastante clara.
Sea, pues.
Me bebí el café prácticamente de un trago, no sin quemarme la garganta —me estaba bien empleado—, pero que me jodan si aquello no era preferible al ardor de estómago que sentía al pensar en todo lo que había pasado durante las últimas veinticuatro horas.
Una parte de mí quería luchar por Nikky. Por lo nuestro. Por esa versión de nosotros que todavía seguía viva en alguna habitación del piso.
Pero otra parte no se dejaba engañar.
La gente hoy en día es muy libre y muy independiente. Como debe ser.
Y a veces esa libertad consiste en irse sin mirar atrás.





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