Hola, ¿La encargada?

Nunca nos parecimos tanto, como aquella tarde que nos miramos por primera vez.

Tú con la mirada en el suelo, yo sin poder evitar mirar tu flequillo.

Mirándote, se me ocurrieron mil nombres de actrices de cine,

Otras tantas de diosas nórdicas.

Pero a tu seguías sin levantar la cabeza.

—Ella te acompañará, ¿verdad que si? M—Dijo tu compañera

De repente te pusiste más roja y yo empecé también a notar calor en las orejas.

—Si, es por aquí.-dijiste en un susurro.

Tú echaste a andar y yo fui detrás. Y ahí se escucharían Las primeras risas.

Luego vino la vergüenza de estar en una misma habitación juntos.

Como si de una tensión invisible se tratara. Siempre estaba ahí cuando coincidíamos.

Los días iban pasando, y nuestra vergüenza en aumento. Pero empezamos a darnos cuenta que no era solo vergüenza. Y que había algo más.

No sabíamos el que, o quizás si, pero no queríamos reconocerlo.

Pero la gente empezaba a darse cuenta, y aquella mirada de idiotas perdidos sólo podía deberse a una cosa.

Si, aquello que empezaba por A y terminaba (nunca termina cuando son las personas elegidas) por R.

A día de hoy, me sigue pareciendo Impronunciable, como si se tratase de una maldición.

La primera vez que empecé a soñar contigo, solo eras un susurro en una playa desierta mezclado con el sonido del mar.

Después llegaron los sueños recurrentes en los que siempre aparecías, a lo lejos, como una figura que miraba impasible la llegada de las olas a la orilla.

Hicieron falta muchas noches y muchos sueños para llegar hasta donde estabas sentada.

En la arena, en silencio, la mirada fija en el mar y tus manos hundidas en la arena.

—Hola— fue todo lo que acerté a decir.

—Hola—dijiste tú. —te estaba esperando.

Y me di cuenta que llorabas.

Daniel M Givaudan.

TDA

“Un principio”

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