Así que durante mucho tiempo se trató de eso.

Todas las palabras que se me ocurrían que debía decirte acababan por el borde de un precipicio de una gran nada.

Me subía allí, con ganas de gritartelas todas y que llegaran allí donde estuvieras.

Pero sin embargo, me callaba, metía mi mano en el corazón y las arrancaba una a una,

Mientras las arrojaba a aquel precipicio de la nada.

Donde sabía que nunca te llegarían.

Y durante mucho tiempo me quedaba allí.

Quieto, como la sombra de una roca

en la cima de aquel abismo.

Y veía mis palabras rebotar por el desfiladero hasta ahogarse en el mar.

Que lo tragaba todo y de vez en cuando mandaba como respuesta una sirena a la superficie,

A llorar con su canto

Su desdicha eterna

De un mal que no tiene cura

De un viento que nunca amaina

De un lamento,

del lamento del Mar.

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