Hubo quien se creyó musa. Y creyó estar por encima de las letras. 

Por encima de la melodía de la que están hechos los recuerdos. 

La altivez de creerse que no había fisuras en su recuerdo, y que estaría a salvo de la decepción. 

Y entonces ocurre, el mito y la realidad se encuentran, y como cristal demasiado fino para aguantar tanto endiosamiento, este se rompe en mil pedazos.
Y así, en una tragicómica sonrisa de incredulidad, en una bocanada de aire del escritor angustiado, 

La musa, la maga, la diosa, la luna y todo aquello que tal como vino se fué, dejo de ser. 

De nosotros, de futuros y de pasados, de presentes en calles oscuras y encuentros furtivos, de sirenas con sus cantos y que ahora eran llantos. 

Todo dejo de ser. 

Y ella pasó de ser la mujer de la playa, a un guijarro en el cielo. Que de tanto en tanto brillaba, y recordaba a aquel escritor atormentado, que aquel brillo, aquella pequeña estrella de luz tan débil, fue un día un mundo. Su mundo. 

Pero hasta las musas se equivocan, algunas más que otras. Y aquella, simplemente dejo de ser. 

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